
Ermita la Candelaria, en su hospicio el padre Conyedo creo una primera escuela de la villa de Santa Clara en 1712. Era pública, gratuita y de carácter religioso. En el lugar donde estaba la Ermita la Candelaria hoy se encuentra el Teatro La Caridad.
Autora: MSc. Hedy Águila Zamora
Santa Clara fue fundada el 15 de julio de 1689, estos finales del siglo XVII los fundadores remedianos lo dedicaron a organizar su nuevo asentamiento y a enfrentar las discordias entre los que se quedaron en Remedios y los que decidieron fundar la villa de Santa Clara por lo que no es hasta el siglo XVIII cuando se comienza a pensar en la educación y en la cultura. El analfabetismo estaba cerca del 100%, solo los clérigos y quizás alguna otra persona poseía algún nivel cultural, por lo que hubo que traer un escribano de Sancti Spíritus para redactar las actas del Cabildo y los pobladores firmaban con una X porque no sabían poner su nombre.
En Santa Clara, como en el resto de la Isla, la enseñanza estaba a cargo de la Iglesia, los primeros fueron educadores, en su mayoría, sacerdotes, preocupados por el estado de incultura en que se hallaba la recién fundada villa lo que hacía más lento el proceso de desarrollo, por otra parte los clérigos tenían la responsabilidad de ideologizar a las nuevas generaciones en los preceptos cristianos, esto también fue un incentivo para que se convirtieran en gestores y promotores de la obra educativa.
El primero de ellos, fue el Padre Don Juan de Conyedo, quien había llegado el 15 de julio de 1689 con las familias remedianas fundadoras de la nueva villa Santa Clara, a la edad de dos años. Aquí desarrolló su infancia convertido en un adolescente, viajó a La Habana para realizar estudios y al ordenarse sacerdote regresó a Santa Clara para ejercer su ministerio. En 1712, recién graduado, creó la primera escuela en la villa donde se educaban niños de ambos sexos. No obstante, según el primer historiador Manuel Dionisio González, existió antes un señor, inválido, llamado Blas Martín que enseñaba niños varones en su casa, lo que corrobora el criterio de los historiadores de que se practicaba la educación domiciliaria como la más usada durante la etapa colonial.
El Padre Conyedo, está considerado como la figura representativa del pensamiento ilustrado de la época y considerado entre la pléyade de educadores que contribuyeron, en el siglo XVIII al surgimiento de una teoría educativa auténtica de nuestra región.
Le siguió en orden de importancia su discípulo Don Francisco Hurtado de Mendoza con la misma línea de pensamiento y acción que su maestro Conyedo, se ordenó sacerdote y sus funciones clericales las alternaba con el magisterio. Fue fundador de la Escuela Pía, que hoy lleva su nombre, para la que mandó a construir una casa de mampostería en la calle “Santa Elena”. El 4 de julio de 1794, se hizo la apertura de este colegio, cuya dirección se le confió al franciscano Fray Juan de Dios Mardeo. Hurtado de Mendoza la llamó “Nuestra Señora de los Dolores” y ubicó la imagen de esa virgen en su sala principal en un cuadro al óleo, (hacemos esta observación porque fue el primer encuentro en Santa Clara de los alumnos con una obra artística). Esta escuela en sus primeros años de fundada llegó a ser la que más alumnos tuvo en su matrícula.
Cuando salió Conyedo de Santa Clara para cumplir una misión sacerdotal en la Catedral de Santiago de Cuba, Hurtado de Mendoza quedó a cargo de la escuela que ya existía en el Hospicio de los Franciscanos en la ermita “La Candelaria”, de conjunto con Doña Agueda García quien asumió la dirección convirtiéndose así en la primera directora de escuela que tuvo Santa Clara, lo que constituyó el inicio del magisterio ejercido por mujeres en esta villa.
En la etapa colonial, la ética de la época, obligaba a que las niñas fueran atendidas por maestras, pero como no se priorizaba la educación de las hijas hembras, pues quizás, esto explique que la presencia de la mujer en la instrucción, sobre todo en el siglo XVIII, fuera minoritaria. No obstante hubo en Santa Clara otras mujeres que también dedicaron su vida a esta tarea, entre ellas se destacó Nicolasa Pedraza, una de las pocas maestras de la colonia, que enseñaron alumnos de ambos sexos y cuya vocación y abnegación la llevaron a convertirse en una de las educadoras más queridas y respetadas. Fue maestra de tres generaciones de santaclareños, enseñaba gratuitamente a niños pobres, pero alcanzó tal fama que no sólo los humildes asistían a su “escuelita”, sino también tuvo alumnos pertenecientes a familias de mayor poder económico que preferían a Nicolasa para maestra de sus hijos, tal es el caso de Pedro Nolasco González Abreu, Rosalía Arencibia, la abuela y la madre de Eduardo Machado Gómez y el propio Eduardo fueron discípulos de ella, entre otros de la villa, los que después ocuparon lugares relevantes en la sociedad y en la historia de la ciudad. En la labor educativa de Nicolasa Pedraza se puede apreciar la formación de valores y una ejemplar conducta ciudadana pues la mantenida en su medio se manifestaba en su actuación cotidiana lo que le permitió ganarse la consideración y el respeto de sus contemporáneos.

En la imagen: la maestra Nicolasa Pedraza y la vivienda donde ejerció el magisterio a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Tomado de la publicación “El 15 de Julio” de 1918.
Nicolasa Pedraza, discípula de la escuela fundada por Conyedo, (no de Conyedo porque ya este había fallecido) comenzó en 1784 a prestar sus servicios pedagógicos con solo catorce años de edad, obra que continuó hasta su muerte el 1° de enero de 1867 a la edad de noventa y siete años.
Otras maestras al estilo de Nicolasa Pedraza fueron María del Carmen Avalos y Clemencia Jiménez Bacelí, enseñaban por vocación pues vivían humildemente y sin embargo impartían clases sin remuneración alguna. Fueron más conocidas por “la maestra Nicolasa”, “la maestra Carmen” y “la maestra Clemencia” respectivamente, lo que demuestra el respeto y consideración de sus contemporáneos. También las hermanas de los sacerdotes que fueron maestros: Gertrudis Hurtado de Mendoza, y Manuela de Moya quienes ayudaban a sus respectivos hermano en la tarea de enseñar también gratuitamente.
En la participación del clero en la instrucción primaria de niños y jóvenes, se destacaron otros sacerdotes quienes quizás no llegaron a alcanzar el pedestal de la fama de Conyedo y Hurtado de Mendoza, pero no por ello su obra educativa dejó de tener importancia, entre los que se encuentran: Cayetano Pérez de Arriaga, José Antonio Pérez de Corcho que impartía Filosofía, Juan Félix de Moya, discípulo de Conyedo, estudió la carrera sacerdotal en la Habana y al regresar asumió la responsabilidad de la Capellanía en propiedad de la iglesia El Carmen desde el 4 de mayo de 1761 que había quedado vacante por la muerte de Conyedo, continuó la tarea educativa iniciada en esta ermita, hasta su fallecimiento en 1787, para ello se auxiliaba de su hermana. Por esta época en que murió Moya, prácticamente quedó la villa sin escuelas. No fue hasta 1790 el Pbro. Juan de Dios, perteneciente a la Orden Santo Padre en el Hospicio “San Francisco” abrió una escuela en ese lugar doble sesión (mañana y tarde), se enseñaba lectura, escritura, aritmética y religión.
Entre las escuelas instituidas por ministros de la Iglesia para la educación de niños pobres fueron las más renombradas por existir en ellas cierta organización escolar en cuanto a horario y materias a enseñar, así como por la continuidad y permanencia en el tiempo, las del Hospicio “San Francisco”, la Escuela Pía “Nuestra Señora de los Dolores”, y la de la ermita El Carmen que tuvo sus continuadores, aún después de fallecido el Padre Conyedo. En ellas se sentaron las bases para el futuro desarrollo educacional y cultural que fue alcanzando Santa Clara.
Este artículo esta publicado en la Revista Amanecer No 68 Año XII julio agosto de 2006 con el título: “La iglesia en trabajo educativo en Santa Clara”.





